Kenji Mizoguchi (1954)

El tiempo corre distintos en los días que atraviesan Zushiô y Anju. En el exilio, a lo largo de las praderas Japonesas, los niños recordarán y honrarán a su padre con la misión de ajusticiar su desgracia y hacer valer los derechos de todos los pobladores. La película inicia con un plano general de la familia atravesando el bosque. El vínculo con la naturaleza es delicado y pausado, las pisadas son amortiguadas por el entorno. El niño pregunta si su padre era importante, y mientras la madre asiente con la cabeza, el pequeño Zushio corre al grito de:- ¡Adoro a mi papá! – La corrida funde (hacia un flashback) con él de pequeño en su aldea durante la protesta de un grupo  de campesinos que reclaman sus derechos. 

La primera parte del film viajará constantemente en el tiempo para narrar lo sucedido. El recurso que implementa Mizoguchi como vórtice temporal está asociado a la similitud de acciones y planos. El niño corre en el presente y funde en la corrida del pasado, la madre bebe agua a la vera del río, mientras la imagen funde a Masashi bebiendo de un tazón momento previo al exilio de su familia. La película irá encontrando momentos específicos que actúan como fuente de memoria para llevarnos al flashback. El recurso narrativo implementado como leitmotiv, refuerza la convicción en donde la película se funda. Hay una enseñanza a ser transmitida y rememorada, hay un modo de hacer, un respeto por el otro y por la naturaleza, que, a modo  de ciclo, intenta resaltar una y otra vez los valores que prevalecen: “Si una persona no siente la caridad, no es una persona. Incluso ante tu enemigo, hay que sentir caridad. Todos los seres humanos son iguales y no se les puede privar de la libertad.

Lo sublime de esta pieza, a mi entender, es la sensibilidad con la cual se permite vincular al humano (con sus virtudes y atrocidades) con la imponente y proveedora madre tierra. En el recorrido el peligro acecha. No dejan de ser un grupo de mujeres solas buscando un lugar para dormir, cuando parece que lo único que las repara es la naturaleza. Un campo de algodones danza a su paso. La cámara en alto recorre el campo con ellas, convirtiendo su caminar en parte del paisaje. Los planos de Mizoguchi en esta película están más cerca del suelo que del cielo. Es como si el contacto terrenal de los cuerpos con la tierra valiera distinto. Cada elemento es representado y puesto en valor: el campesino que labra, los forasteros que la recorren, los pastizales que abrigan, el fuego que ilumina y los navegantes de las aguas turbias en donde todo parece ser más temible y peligroso que en la tierra. El estrecho vínculo con el entorno que da y provee, demuestra que lo temible del mundo es el hombre y su propio sistema, su abusivo comercio desigual. En la naturaleza de Mizoguchi no hay desigualdad, hay belleza y parsimonia, hay cobijo, pero cerca de los hombres… aparece la maldad. La naturaleza es la naturaleza, no tiene interés, ni actúa por conveniencia. El énfasis en la tierra atesora la frase de Masashi sobre la libertad. Si bien por momentos hace frío, la lluvia y humedad no parecen combatir contra la humanidad. El plano de Anju liberada por su compañera y entregándose a las aguas,  contempla un momento de profunda angustia rodeada de calma. Ella logra liberarse del dolor, dejando su cuerpo fluir en las profundidades. Mismo rito sucede cuando llevan a la anciana moribunda a morir en la montaña.

Tanto la memoria como el vínculo con la tierra, logran en conjunto trabajar sobre la sensibilidad de esta pieza. El cuerpo tiene memoria y  los personajes la transitan en su recorrido, al mismo tiempo que sintomatiza los peores males. La ceguera de la madre, ya imposibilitada a recordar e invadida de dolor, permanece hasta que su hijo logra encontrarla. El cuerpo habla y tiene memoria, las voces se escuchan a través de los años. La película es una muestra del trayecto del tiempo y sus derivaciones, a la vez que lucha por reconocer los derechos individuales desde una perspectiva colectiva. El trabajo sobre la memoria, si bien es representado a través de una familia, es la encarnación de la voz de un pueblo que reclama por una vida mejor.

Por Sofía Lena Monardo.

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